La virtud de la templanza en la madurez
La templanza es la virtud cardinal que orienta, refrena y pone orden en la atracción de los placeres y de los bienes sensibles. Lejos de ser una simple lista de prohibiciones o una mirada negativa sobre la creación, para un católico maduro representa el señorío interior de la razón y de la gracia sobre los propios impulsos. Ser templado significa ser dueño de uno mismo: saber disfrutar de las cosas buenas (la comida, el descanso, el bienestar, la tecnología) en su justa medida, sin permitir que ninguna de ellas se convierta en una adicción o en un ídolo que nos quite la paz y la libertad de hijos de Dios.
Algunas Ideas Clave
- El señorío de uno mismo y la libertad interior: El placer es un don de Dios ligado a funciones vitales, pero el orgullo y el pecado tienden a desorbitarlo. La templanza evita que el hombre se convierta en esclavo de sus propios caprichos o ganas del momento. Como decía san Josemaría, la templanza es autodominio; nos da la firmeza necesaria para poder decir "no" al impulso inmediato y un "sí" libre y decidido a un bien mucho más grande y noble.
- La sobriedad en el uso de la tecnología y las pantallas: Hoy en día, el gran reto de la templanza ya no es solo la comida o la bebida, sino la gestión de nuestra atención y del tiempo digital. Un cristiano adulto sabe poner límites a las pantallas, a la dispersión en las redes y al consumo de información inútil. Controlar los dispositivos en lugar de dejarse controlar por ellos es una condición indispensable para mantener el silencio mental y la capacidad de rezar.
- La templanza en la mesa: comer para vivir, no vivir para comer: En los detalles del apetito y de la mesa se refleja directamente el estado de nuestra lucha interior. Vivir la templanza aquí significa evitar la glotonería (el exceso de cantidad), pero también la tontería de la sofisticación excesiva o el mal humor cuando un plato no está exactamente como nos gusta. Comer lo que toca, respetar los horarios y agradecer los alimentos son muestras de una madurez humana y cristiana muy profunda.
- La elegancia en el discurso y el control de la lengua: Hay una templanza que afecta al mundo de la comunicación. Consiste en saber callar cuando conviene, no intervenir por puro afán de protagonismo, contener una respuesta áspera y no alimentar la curiosidad morbosa o los cotilleos. El adulto templado tiene palabras ponderadas, limpias y oportunas; sabe que el control de la lengua es el termómetro de la santidad práctica de la persona.
- Una preparación indispensable para la contemplación: El alma desordenada, llena de afanes materiales, comodidades mundanas y estímulos constantes, es como un agua turbia donde no se puede reflejar el rostro de Dios. La templanza limpia, pacifica los sentidos y crea el espacio de austeridad limpia donde la voz del Señor puede resonar. Sin mortificación en las pequeñas cosas de la tierra, la vida de oración se vuelve una ficción sentimental.
Propuesta práctica: "El Plan del Orden Interior"
Para fijar esta virtud en el esfuerzo diario y ganar en libertad ante las comodidades de la rutina, te propongo un triple compromiso para vivir de forma concreta durante esta semana.
El Triple Compromiso del Señorío Propio
Entrena la templanza eligiendo uno de estos anclajes concretos para tu jornada diaria:
- El control de los cierres (Templanza digital): Define una hora límite por la noche (por ejemplo, las 21:30h) a partir de la cual no volverás a mirar ninguna pantalla, dispositivo móvil o correo electrónico. Dedica este último tramo de la jornada a la lectura pausada, a la conversación tranquila en casa o al examen de conciencia, protegiendo el descanso y el silencio interior.
- La elección del deber en la mesa (Detalles de sobriedad): A lo largo de la semana, vive pequeños detalles de mortificación oculta durante las comidas. No busques nada extraordinario: toma un poco menos de aquello que te gusta mucho, come lo que se te ha servido sin hacer ningún comentario de desagrado si no es de tu gusto, o prescinde de un complemento accesorio (el azúcar, el café extra, un dulce). Que quede como un secreto entre Dios y tú.
- El guardián de la prisa (Evitar la precipitación de la palabra): Cuando sientas el impulso de corregir inmediatamente a alguien con aspereza, de dar una opinión contundente en un debate intranscendente, o de contar una anécdota que deja en mal lugar a un tercero, detente. Cuenta hasta cinco, pide un punto de suavidad al Espíritu Santo y habla solo si tu aportación va a construir de verdad y se va a decir con caridad.
Objetivo: Romper la tiranía del capricho propio y de la dispersión constante, recordando que la templanza nos hace más libres, más eficaces en nuestras obligaciones familiares y profesionales, y nos abre de par en par el camino de la intimidad con el Señor.